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Frans de Waal. Una lectura divertida y amplia sobre inteligencia animal.

  • Foto del escritor: Gabriel Guadalajara
    Gabriel Guadalajara
  • 25 jul 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 18 nov 2021

Probablemente has escuchado decir que las ballenas y los delfines son los animales más inteligentes del mundo y que incluso tienen algo cercano a idiomas propios parecidos a los nuestros, diferentes según la región del mundo que habitan. Probablemente también has escuchado que los elefantes tienen una excelente memoria. En general, sobre muchos animales se dice que tienen una gran inteligencia. La gran sorpresa al leer este ensayo de Frans de Waal es percatarse de que la inteligencia de un animal depende de la realidad ambiental y corporal del animal y que seguramente todos los animales son más inteligentes de lo que pensábamos si sabemos colocarnos en sus zapatos.


En el amplio ensayo ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender a los animales? (el título original en inglés: “Are we smart enough to know how smart animals are?”) Frans de Waal nos conduce por decenas de experimentos que muestran la comprensión de los animales y de cómo la etología, el estudio del comportamiento en los animales, ha revolucionado nuestro entendimiento sobre lo que podemos llamar inteligencia.

Uno de los primeros conceptos clave que el autor nos presenta para guiarnos por su ensayo es el Umwelt (palabra alemana que puede traducirse como mundo que rodea), que toma prestado de otro investigador de la etología, Jakob von Uexküll. Otra manera de expresar esta palabra es hablar del punto de vista del animal. Desde la experiencia del animal, se puede entender de mejor manera cuál es la inteligencia particular de esa especie. Umwelt sería la realidad que vive cada especie, y como cada especie vive una realidad diferente, cada inteligencia a evolucionado de manera específica.

Por ejemplo, a diferencia de nosotros, los murciélagos son capaces de percibir y emitir sonidos que los seres humanos no podemos escuchar naturalmente. Estos sonidos forman parte de la realidad del murciélago y su inteligencia, su capacidad de resolver problemas, se desarrolla sobre esa realidad.



Comprender a los animales de esta manera constituye un parteaguas. Ahora, en lugar de estimar la inteligencia de un animal según sea capaz de resolver problemas humanos, se estima y estudia la inteligencia según sean capaces de resolver los problemas inherentes a su condición ambiental y corporal. Evaluar la inteligencia de un ser humano según sea capaz de percibir sonidos bajo el agua no tendría sentido puesto que su aparato auditivo no se desarrolló para estas condiciones. De la misma manera, sería ilógico evaluar la inteligencia de un delfín según sea capaz de resolver problemas terrestres. Aunque este sea un ejemplo rápido y extremo, de Waal muestra muchos otros casos en los que se toman en cuenta las características de los animales y el ambiente en que se desarrollaron para descubrir de qué manera única son inteligentes. Cada animal es, pues, inteligente a su manera y según las necesidades que tiene.


Un ejemplo muy ilustrativo que de Waal ofrece en las primeras páginas de su ensayo es el de un elefante que estaban estudiando para conocer qué capacidad tienen estos animales de utilizar herramientas. Una fruta se colocó a una altura que escapaba al alcance de la trompa del elefante. El paquidermo debía utilizar bastones que le fueron proporcionados para poder extender el alcance de su trompa y así conseguir la fruta. Sin embargo, a pesar de que parecía una tarea fácil, el elefante no recurría a solucionar el problema de esta manera. Lo sorprendente fue cómo logró resolver el desafío. El elefante notó que en su instalación había una caja. La empujó hasta el lugar en donde colgaba la fruta y, pisando la caja con sus patas delanteras, logró aumentar su alcance para poder tomar la fruta.



Este ejemplo nos muestra cómo en sus evaluaciones de inteligencia el ser humano se proyecta a sí mismo, puesto que el experimento estaba diseñado de tal manera que se deseaba implícitamente que el elefante usara su trompa como nosotros usamos nuestros brazos. En la trompa los investigadores, sin saberlo necesariamente, veían un brazo humano y una mano y esperaban que el elefante así solucionara, pensando como humano. Sin embargo, cuando el elefante pensó como elefante, logró solucionar el problema. La capacidad de uso de herramientas del elefante existe, pero no de manera análoga a cómo los seres humanos usamos herramientas con nuestros brazos y manos.


Muchos otros ejemplos brillantes y esclarecedores son contados en el libro de Frans de Waal. Su lectura es sencilla, divertida y ocasiona una auténtica sensación de que todo lo que sabemos y creemos sobre nosotros colapsa y nos deja perplejos.




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